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Escogimos este nombre porque, además de ser una nomenclatura conocida por
los integrantes del gremio de la edición y la comunicación, posee un curioso
origen histórico que merece la pena recordar.
Entre los años 1450 y 1800, la composición e impresión de los textos se
llevaban a cabo de forma completamente manual. Así, para colocar en el
componedor(1), todas y cada una de las letras, números y signos
tipográficos que completaban texto, el operario de la imprenta (cajista)
contaba con una serie de cajas que los contenían de manera ordenada.
El cajista contaba, entre otras, con las cajas grande y mediana, que a su
vez se dividían en tres partes: caja alta, caja baja y caja perdida. La caja
alta estaba ubicada en la parte superior izquierda (es decir, en la parte
alta de la caja), y contenía un total de 32 cajetines en los que se
encontraban las letras mayúsculas y algunos otros signos. En la caja baja se
encontraban las letras minúsculas y, en la caja perdida las versalitas y
otros signos auxiliares. Cuando el operario necesitaba alguna letra
mayúscula, la buscaba en la caja alta.
De ahí que, en tipografía, a las letras mayúsculas se las llame letras de
caja alta o, sencillamente, caja alta.
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(1): regla de hierro o bronce que determinaba el largo de una línea. |
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